Cada lugar es una experiencia distinta y fascinante. El sendero atraviesa colinas, en el camino nos cruzamos con los habitantes del lugar cargados de leña o víveres. El paisaje es pacificador y el camino ameno. Si nos cruzamos con grupos de chicos, entre risas se acercan para acompañar un tramo. No hablan inglés pero se adivina curiosidad. Namtú hace de traductor hablan de su colegio y su familia y solo conocen la argentina porque Messi nació allá. Las Aldeas parecen organizadas, son sencillas pero demuestran cierta dignidad; las casas elevadas tiene paredes de madera con techos sólidos y son muy parecidas entre si. Las elevan por lo menos un piso porque, en épocas de las lluvias del monzón, entre marzo y agosto el agua baja con fuerza de las colinas y las casas se derrumban o quedan atrapadas en un mar de lodo.
Cada llegada es un pequeño alboroto, a veces los chicos se acercan para vender alguna tela o recuerdo. Imposible saber el nombre de los lugares, solo se representaban y diferenciaban por los colores y las características de los habitantes de cada lugar. Aparentemente todos de dialectos diferentes incluso desconocidos para el guía Namtú , las aldeas son un conglomerado de casas atravesadas por el sendero principal que las conecta. Al caminar entre ellas se abrían las ventanas y se alzaba una mano para saludar. Casi no vi hombres solo mujeres y niños que jugaban y corrían.
Un poco alejado de cada aldea está el monasterio. Espacios
amplios, abiertos y con toda la escenografía y decoración budista. También
elevados, completamente construidos en madera la mayoría estaba habitado por un
solo monje. Al ingresar siempre ofrece un te y frutas, alguno dispuesto a
hablar cuenta su historia. Escapado de joven de una guerra encuentra en su
camino el monasterio donde es alojado. Hasta hoy vive allí de la caridad de sus
vecinos.

El te es una invitación a compartir, siempre el futbol es un
buen comienzo, muy actualizados los monjes comentan sobre messi y la argentina.
El monasterio no es un lugar solitario, los monjes siempre están acompañados
por sus vecinos que pasan para rezar o tomar algo de te. También están los
chicos que juegan afuera al futbol; y en alguno un pequeño monje de diez o doce
años hace de aprendiz. Luego del te, los saludos y los deseos de fortuna y paz
continúa el camino.
Colina abajo la escuela, dos aulas y una maestra que hacía leer en voz alta del pizarrón. Pareciera que estuvieran rezando. Los pequeños se acercan y como siempre ríen. En sus bancos alargados donde entran cinco o seis de ellos nada mas que un cuaderno y un lápiz. Algún afortunado tiene además un manojo de colores. Mi presencia altera la clase con gritos y desorden y la maestra llama con dos campanadas al recreo.
Colina abajo la escuela, dos aulas y una maestra que hacía leer en voz alta del pizarrón. Pareciera que estuvieran rezando. Los pequeños se acercan y como siempre ríen. En sus bancos alargados donde entran cinco o seis de ellos nada mas que un cuaderno y un lápiz. Algún afortunado tiene además un manojo de colores. Mi presencia altera la clase con gritos y desorden y la maestra llama con dos campanadas al recreo.
Los saludos y la despedida es a cada uno, los miro fijo a los ojos desconociendo todo de ellos pero queriendo saber algo, algún rasgo o sello que me permita recordarlos antes de seguir camino.
Abajo está el baño, ordenado y limpio como la casa. La ducha
se compone de un gran tonel de agua con una jarra agujereada. No está fría así
que es un buen refresco para el calor y la caminata. La casa está sobre la ladera de una colina así que subiendo aparece el monasterio y un
poco mas la cima justo para la caída del sol.
La cocina es un gran fogón sobre arena alrededor del cual la
familia cocina y habla. Los chicos gritan y ríen a carcajadas. Namtú me dice
que la hija del medio está nerviosa porque en dos días tiene un examen de
matemática y va a estudiar con una amiga en la aldea vecina y parece que esta
vecina tiene algún interés con su hermano mayor así que le estaba pidiendo que
la acompañe, el chico solo se sonroja.
Al rato casi antes de la cena llega otro comensal. Parece
que la casa funciona como alojamiento. Es un francés que escribe para la
National Geograph y que suele parar ahí. La familia lo saluda con alegría y
aparente sorpresa. La hija del medio, la mas expresiva, comienza a hablarle en
francés. Namtú me dice que ella está muy contenta porque cada vez que viene
puede practicar y recibir algunas clases. El francés está haciendo una nota
sobre los bueyes, comenta el cuidado y la consideración que les tienen mas allá
de la herramienta de trabajo que son y en especial los niños. Camina por los
campos y casas sacando fotos y tomando testimonios y tiene como en este caso
cuando baja el sol alguna casa conocida donde dormir.
Entre los jóvenes nos ponen la mesa para cenar, el francés
me advierte que por mas que insista no voy a lograr comer con ellos, así que en
un costado del salón van acercando pequeños platos que colocan sobre la mesa.
La cena se sirve temprano, al bajar el sol lo que me hace pensar que el
desayuno será luego del amanecer. Las camas están dispuestas a un costado del
salón y son unas gruesas pieles que hacen de colchón, las familias dormirán en
las habitaciones.
La mesa se ordenaba alrededor de pequeños platos de
contenido indescifrable. Y solo cuando lo llevaba a la boca se distinguía si
era carne o verdura pero no mucho mas. Aquello era un manjar, realmente lo era.
Sabores desconocidos con semillas, verduras y salsas. No puede entender de que
estaban hechos ni su preparación. Pero igualmente quedará grabado en mi
recuerdo por su variedad, gusto y exquisitez. Así como a veces pasado el tiempo una imagen
vuelve a nuestra cabeza o unas palabras retumbas en nuestros oídos un sabor se
graba en nuestra boca.
A la mañana siente, con la luz se empezaron a escuchar las
primeras palabras y los preparativos del desayuno y de la despedida.
Salimos colina a bajo camino a otras aldeas. En las parcelas inundadas se asoman las plantas de arroz, en las de color amarillo las espigas del trigo recientemente cosechado, otras comienzan a limpiarse a fuerza de un arado de mano y un buey.
Salimos colina a bajo camino a otras aldeas. En las parcelas inundadas se asoman las plantas de arroz, en las de color amarillo las espigas del trigo recientemente cosechado, otras comienzan a limpiarse a fuerza de un arado de mano y un buey.
A mitad camino, cerca del monasterio, el secadero de té.
Grandes mesas al aire libre con las hebras al sol. El dueño de casa revuelve para
que se secado sea parejo. Sus principales herramientas, sus manos, y su rostro están
agrietadas, secas y arrugados como las hebras que se deslizan entre sus manos,
pareciera que él y lo que produce se seca al sol.
No entiende bien de nuestra visita pero enseguida nos ofrece agua caliente. Su tierra es pequeña pero le da para su subsistencia. Produce té verde, típico de la zona y de oriente, nos cuenta a través de Namtú del proceso y del trabajo. Sus hijos miran la escena
No entiende bien de nuestra visita pero enseguida nos ofrece agua caliente. Su tierra es pequeña pero le da para su subsistencia. Produce té verde, típico de la zona y de oriente, nos cuenta a través de Namtú del proceso y del trabajo. Sus hijos miran la escena
El sendero continúa; bajo los árboles sobre un soporte bien
construido y bajo techo hay unas vasijas con agua. Al finalizar la cosecha, y
si es buena, el dueño del lugar cercano construye este abrevadero público para
quien lo necesite en su camino. Al costado una jarra de la cual servirse. El
agua se guarda en unas vasijas de barro cocido que la mantiene fresca y limpia
y suelen estar cerca un frondoso árbol para dar sombra al caminante.